Giada Guazzarotti
Socia Profesional Grefart
He divisado calles, callejones, autopistas y senderos de montaña y de pradería, caminos más largos y más cortos, tortuosos y lineales, de curvas suaves o bruscas.
He preparado el espacio para caminos que empiezan con una idea, con un movimiento, una sensación o una emoción.
He sostenido caminos que toman forma en la mente y caminos que aparecen sin saber de dónde vienen.
He acompañado pequeñas manos que dibujan, difuminan, modelan, construyen, sujetan… y miradas que roban, ojos que buscan, cuerpos que esperan.
He sostenido muecas de nervios, de excitación, de inquietud, de concentración, de paz y de alegría.
He escuchado pequeñas y grandes risas, voces que cantan y voces que hablan del día a día, mientras los cuerpos se dejan llevar por la creación.
He aprendido que cada camino es diferente, y todos llegan a un refugio. Cada refugio es una creación y cada creación es un mundo, un paisaje, un personaje, una mascota, un regalo, un objeto especial, un lugar que aparece entre las manos.
He descubierto que aquello que se produce no es solo un muñeco, solo un paisaje, solo una casa. Es una manera de traducir en arte los deseos, las emociones, los vacíos, las preguntas y todo aquello que tantas veces no encuentra un espacio donde poder existir.
He vivido momentos en los que las manos se ensucian, el barro se escapa entre los dedos, la pintura deja de estar solo en el papel y la cola se siente.
He percibido cambios de miradas, de humor, de voces, de gestos, de materiales, de colores…
He comprobado que cuando el cuerpo entra en juego, los sentidos toman las riendas y la creación no necesita ser pensada, sucede.
Los jóvenes participantes de El Refugio Creativo están inmersos en espacios dirigidos, con decisiones ya tomadas, indicaciones que seguir, tiempos que cumplir y expectativas a las que responder.
El Refugio Creativo está fuera de todo esto, El Refugio Creativo está dentro de cada una y cada uno.
Aquí se puede decidir qué hacer, cuándo hacerlo, con qué material y de qué manera. Aquí se puede continuar, cambiar, copiar, repetir o parar.
Aquí se puede jugar. Se puede experimentar. Se puede dar forma a lo indecible.
El marco libre y seguro abre la puerta a algo nuevo, a soltar el miedo a hacerlo mal o a ser juzgados, a dejar atrás la necesidad de que algo tenga sentido o guste a los demás, y a atreverse a explorar los propios límites.
Y es aquí donde se construye el Refugio, dentro de ese marco, pero con toda la libertad que permite aquello que otros espacios no dejan.
La libertad de mancharse, mezclar, romper, destrozar, salir fuera de las hojas, dejar que el material sorprenda y que las sensaciones guíen los movimientos que dan forma a lo que está dentro.
Porque hay cosas que viven dentro y no encuentran fácilmente el camino hacia las palabras. Para estas cosas hay otro idioma, una lengua hecha de colores, de texturas, de formas, de gestos y de movimientos.
El Refugio es un lugar donde decir sin tener que hablar. Un lugar para descubrir y expresarse de otra manera. Un lugar donde la voz no necesita explicar para ser escuchada, un lugar de diálogo sin palabras con la propia creación.
He mirado caras de decepción de quienes no quieren parar de crear. De quienes necesitan seguir llenando hojas, mezclando colores, construyendo paredes, destruyendo creencias y volviendo a empezar una y otra vez, de quienes quieren enseñar una y otra vez su creación.
Me he dado cuenta de que este Refugio permite dar lugar a algo profundo, a algo que las niñas y los niños sienten, imaginan, necesitan o que a menudo no saben nombrar.
El Refugio no es un espacio físico ni está hecho solamente de materiales. Es un tiempo de juego, de experimentación y de libertad creativa. Un tiempo en el que no hace falta saber adónde llevará lo que empieza a suceder.
El Refugio es la forma de aquello que no siempre está permitido mostrar.
La posibilidad de hacer o no hacer. De elegir. De parar. De volver a empezar.
Para mí, este Refugio son manos que se ensucian colores que se esparcen líneas que danzan curvas que se entrelazan voces que canturrean risas perdidas en el instante y lo inesperado que sacude la mente.
He escuchado, y todavía resuenan en mi, las voces que dicen:
«¡Me gustaría que durara para siempre!» y «¡Ojalá pudiéramos hacer otros miles de talleres!»
Y yo también he deseado y deseo que sea posible continuar este recorrido que, para mí, ha durado solo unos meses, y que se ha convertido en un espacio de crecimiento, aprendizaje y encuentro.
Un espacio para compartir con mis compañeras, con los niños y niñas y con todas las personas que han formado parte del proyecto y que han trabajado, cada una desde su lugar, dando lo mejor de sí para que este espacio pueda existir.
Me llevo miradas, manos llenas de color, descubrimientos, preguntas, risas, llantos y silencios.
Me llevo la experiencia de haber creado y aprendido juntas y el deseo de que este Refugio pueda seguir acogiendo otros miles de caminos.



